jueves, 3 de mayo de 2007

! ME CARGA LA HISTORIA ¡


x Sergio R. Martínez Soriano
Profesor de Historia y Geografía
Licenciado en Educación
Melipilla

¡ Me carga la historia!, ¡No me gusta ese ramo!, ¡De qué me sirve saber lo que hicieron otros personajes hace décadas o cientos de años!.

Estos comentarios los he escuchado muchísimas veces... y está claro; la Historia no es una asignatura muy popular en nuestro país. Dichos como los anteriores los he oído desde muy niño. En la básica y en la media, mis compañeros, por lo general, fruncían el ceño cuando nos tocaba la hora de este ramo. Cuando ingresé a estudiar esta carrera varios de mis amigos y conocidos me decían (casi afirmando)que eso debía ser “una lata”. Periodismo, Ingeniería, leyes... tendrían que ser según ellos mucho más atrayentes, entretenidas e interesantes. Sin embargo, desde mi atrincherada defensa trataba de contagiarlos con todo lo que iba aprendiendo.

Les contaba, por ejemplo, sobre el origen del nombre de Melipilla (mi ciudad), que jamás ha significado cuatro diablos, sino que Cuatro Pillanes (y Pillán es otra cosa, un concepto mucho más desarrollado. ¡Averígualo!). Les hablaba de cómo era nuestro valle antes de ser invadido por los españoles; de las terribles y sangrientas batallas por las defensas de las tierras que hoy habitamos.

Muchas veces no me creían que los soldados patriotas de la guerra por la independencia ni siquiera tenían muy claro por qué y contra quién peleaban. ¡Y era lógico! Un día luchaban contra tropas realistas (compuestas mayoritariamente por chilenos) y al otro día, contra tropas de Carrera, (o de Freire más adelante) formadas también por chilenos.

Les explicaba apasionadamente que la Guerra del Pacífico no se desató tanto por problemas de frontera o de supuesta “soberanía” sobre tierras que los “perversos” bolivianos nos quisieron arrebatar, sino que debido a intereses económicos chilenos de grupos muy pequeños, pero poderosos en las esferas de la política.

Descubrí, por ejemplo, que una vez Chile estuvo entre los 20 países más ricos del mundo (en 1870). Situación impresionante si pensamos que a comienzos de la década de 1990 nos ubicábamos en el lugar ¡72!. ¿Cómo pasó esto? ¿Por qué se produjo esta tremenda caída? ¿Qué sucedió en esos 120 años? ¿En qué lugar estamos ahora? ¿Cómo se representa esto en nuestro estilo y calidad de vida? En las preguntas anteriores es donde se puede comenzar a encontrar la validez de esta disciplina. Claro, porque para solucionar un problema (nuestro retraso socioeconómico en este caso, y todas las demás contradicciones que nos afligen) es necesario conocerlo bien, y fundamentalmente, saber cómo se produjo.

La Historia se revela en esta situación como la forma más completa para señalar los motivos de nuestro subdesarrollo. Nos entrega tanto la visión fotográfica de algún momento histórico, como la visión de largo plazo en el tiempo. Todo esto nos permite reconocer si las políticas aplicadas son correctas o adecuadas a nuestra realidad, a nuestra idiosincrasia, en fin, a todas nuestras costumbres, ya sean buenas o malas, es decir, a nuestra cultura, porque eso es la cultura: TODO LO QUE HAGA O DIGA EL SER HUMANO.

Tal vez, ese ha sido uno de los grandes problemas de nuestra nación: El concepto que hemos manejado de cultura. Por mucho tiempo – hoy incluso- se creyó que Cultura era todo lo venido desde Europa (o desde EE.UU. posteriormente). Cultura era el Ballet, la Sinfónica, las Bellas Artes, el Teatro Municipal, el Hipódromo. Al principio de nuestra República la lucha de los gobernantes era –según palabras de la época- el choque entre “Civilización” o “Barbarie”. Lo civilizado se transformó en todo lo deseable, en la “alta cultura”. La Barbarie por su parte, era el peón, el bandido y el cuatrero de los campos, el campesino, el “indio” y el “roto”. Como eran supuestamente incivilizados se les negó participación, y en vez de insertarlos al crecimiento del país se les negaron los espacios públicos y también los privados. Debían estar donde no se los viera, pues supuestamente eran personas indignas “sin dios ni ley“.

Más adelante, se incorporó también el lema “Orden y Progreso” a nuestra clase dirigente: Manteniendo los problemas a raya, y trayendo trenes e instalando una que otra fábrica (de ingleses por cierto), el progreso vendría sólo. ¿Qué pasó? Nada llegó nuevamente. Cuál era el problema: No se integraba a la gente del pueblo. La población crecía, los recursos escaseaban y la respuesta era habitualmente, las típicas “soluciones parche” o simplemente el castigo y la violencia ante demandas por hambre y dignidad.

Descubrí también que en ninguna Solemne Constitución Política de la República de Chile se ha tomado el parecer del pueblo, pues siempre se han hecho entre “gallos y medianoche”, sin posibilidad de debate ni discusión real.

Me encontré con cosas que siempre creí al revés. Que supuestos próceres de la patria como Portales y Prieto fueron grandes responsables de las injusticias sociales y económicas que por largo tiempo afligieron al país. Que nunca consideraron realmente a nadie que no fuera de su propia camarilla. Que se creían amos del país y patrones de la población. Y los que los siguieron en las primeras décadas no variaron mucho en ello.

Estudiar la Historia de mi país se fue transformando con el tiempo en algo apasionante pero terrible. La cantidad de injusticias, de muertes, de dolor, de mucho dolor, de abusos de parte de los más poderosos sobre los más débiles ha sido incalculable hasta hoy.

Hubo matanzas que aún se recuerdan con desgarro. En Iquique, en 1907, cientos o tal vez más de un millar de personas fueron masacradas por el ejército chileno. Ellos fueron los pampinos salitreros, obreros humildes que bajaron al “Puerto Grande” a pedir ayuda a las autoridades para mediar con los ingleses dueños de las oficinas salitreras en sus conflictos laborales. Salitreras que estaban en territorio nacional ganado a sangre, sudor y fuego durante la Guerra del Pacífico, tal vez por los mismos padres o abuelos de los obreros que ahora buscaban ayuda de este Estado del cual eran ciudadanos. La respuesta de parte del gobierno fue sencilla. Se envió miles de soldados para reprimir a los obreros. Finalmente, guiados por las órdenes de sus oficiales los infantes abrieron fuego y atravesaron a bayonetazos a todo aquel que se moviera, incluso guaguas, niños, mujeres y ancianos. Paradójico resultó el hecho de que el barco utilizado para el traslado de estas tropas fuera el mismo que años antes había llevado soldados desde Chile para defender a los compatriotas al comenzar la Guerra de 1879. Primero fue enviado a defender chilenos y luego a matarlos.

Algunos dirán seguramente, que miremos hacia adelante que no nos quedemos en el pasado. Que no nos anquilosemos. Que fueron cosas que pasaron. Que así es la vida. Estas formas de ver las cosas ya son terribles, pero habrá otros que serán más ciegos aún. Algunos de ellos dirán que si sufrieron fue por su propia culpa, que bien merecido se lo tenían, que eso les pasa a los revoltosos, que algo habrán de haber hecho que los castigaron. Si estos comentarios se siguen escuchando, esto quiere decir que hemos aprendido muy poco, que hemos perdido la memoria, que hemos retrocedido, que no conocemos los sacrificios de nuestra propia gente por surgir y por darnos mejores condiciones de vida hoy en día. Pero lo peor de estos comentarios es que si esto ocurre, es por que hay gente dispuesta todavía a justificar estas atrocidades, o tomar un camino similar cuando vuelvan a surgir conflictos serios.

Durante el resto del siglo XX la cosa varió un poco. Las clases medias se abrieron paso y conquistaron el estado mediante usando la reformada institucionalidad política que había reemplazado el modelo político de las élites autoritarias que manejaron a Chile desde 1830. Por su parte los sectores populares también intentaron hacer lo suyo hacia las décadas de 1960 y 1970, pero cuando estaban dando los primeros pasos, se enfrentaron a los sectores reaccionarios y decididos de nuestra sociedad. A pesar de los avances logrados, el dolor siguió presente y durante gran parte del fin de siglo muchos habitantes de este país se consideraron unos a otros como sus enemigos. La sangre continuó brotando y la crueldad se volvió más insaciable a momentos. A esto se agrega el hecho de que después de la refundación del estado en la década de los 80 las desigualdades han sido cada vez más brutales, pues ahora el sistema económico no sólo es menos propio (si es que alguna vez lo fue), sino que más excluyente.

Ésta ha sido, por lo general, parte de la realidad de nuestro país. Pero no es un problema de raza, de mezcla, de flojera o de cualquier otra explicación simplista. El problema va por el lado del conocimiento de nuestra propia historia, y en especial de la valoración y del orgullo por nuestras raíces, con todo lo bueno y lo malo. ¡Pero reconociendo lo bueno, y especialmente lo malo! ¿Para qué, nos preguntaremos?: Aquí es donde surge la gran inquietud: ¿Vale la pena hacer todo este tránsito por nuestra Historia si el panorama es tan desolador? ¿Cómo se explica que todo estas situaciones hayan ocurrido y algunas de ellas sigan ocurriendo aún hoy en día?

¿Para qué sirve la Historia en definitiva? ¿Para qué sirve conocer el pasado? Aunque la respuesta no puede ser simple, en gran medida para entenderlo, para evitarlo, para no repetirlo. ¡Para cambiarlo!. Eso es parte del aprendizaje, el cambio de conducta. Romper los círculos viciosos, adquirir conocimiento para aplicarlo en pro del bien y con esto, mejorar el entorno del Hombre.

Toda esta larga reflexión, es para señalar que cada uno debe buscar su propia identidad como persona, pero dentro del contexto de nuestro país, ...de su propio país. No hay que mirar las modas de afuera. Hay que mirarse a sí mismos y así descubrirse. La historia nos enseña que para crecer no es bueno mirar encandilado hacia fuera. Hay que mirar y desentrañar la riqueza de nuestra gente, de nuestras tradiciones, de nuestra geografía (... que es hermosa!). En definitiva, hay que detenerse en nuestra propia cultura, porque la estamos perdiendo, la estamos abandonando por valores que no nos son propios. Copiamos los juegos y hasta la manera de comer de otros países.

Acá en Chile los “Viejos Pascueros” (en realidad debieran ser Viejos Navideños, pues la pascua es en Marzo o Abril) son un ejemplo burdo de la falta de pertinencia cultural. A fin de año vemos a hombres disfrazados y a punto del colapso paseándose a 30º a la sombra con un traje gigante, caluroso y sudados hasta el extremo. ¿Cuánto niño chileno, al ver la televisión, no deseó con ahínco una blanca navidad? ¿Cuántos de nosotros no despotricamos cuando pequeños contra nuestro país por ir al revés del “mundo”, por no tener nieve en diciembre, trineos, ni renos incluso? ¿Cuántos de nosotros le han puesto algodón a un árbol navideño? Ejemplos como este hay muchos, pero últimamente nos estamos auto-superando. Ahora, les estamos copiando a culturas extranjeras hasta las fiestas locales. Si seguimos así, vamos a terminar comiendo pavo mientras celebramos el “Día de Acción de Gracias”, después de habernos disfrazado en el “Halloween” ! Sin embargo, nada está perdido aún. Lo primero es ser optimista a pesar de todo, pues hoy como nunca antes tal ves, estamos en el momento preciso para lograr cambios sustanciales y el salto hacia un país más justo, con mayor igualdad y con más oportunidades.

Pero, para poder actuar sobre la realidad histórica hay que tener presente que la Historia no la hacen los héroes, ni los militares, ni los políticos de un bando o de otro. Al contrario, la historia la hacen los pueblos, los sujetos comunes y corrientes, la gente de verdad, las personas que luchan día a día para salir adelante, es decir, los hombres y mujeres que no tienen poder político, económico o el de las armas pero que son los verdaderos detentores de la soberanía nacional.

Cada día que pasa, inadvertidamente, cada uno de nosotros creamos historia sobre nuestro entorno. Sin embargo, si tomáramos conciencia histórica de la importancia de nuestros actos y de los de nuestra comunidad, nos daríamos cuenta del inmenso poder del sujeto y del pueblo mismo cuando se pone en acción.

Ese es el desafío de todos nosotros y de los jóvenes en especial. Volvamos entonces, la mirada hacia nuestra historia. En ella encontraremos todo lo valioso que tenemos. Encontremos nuestra identidad nacional (que se funda no en la uniformidad sino en una gran diversidad y en la tolerancia por los otros) y llegaremos a amar sinceramente a nuestro pueblo, porque lo tenemos todo para mejorar: recursos naturales abundantes y limpios aún, y una población invaluable, un pueblo esforzado y luchador. Esta es una tierra bella, con historia, con enormes riqueza cultural y económica. Este es un país para vivirlo, para aprovecharlo, pero sobre todo... para cambiarlo!!!

(...esta puede ser la lección de nuestra historia)

Creado originalmente : Miércoles 13 de Octubre de 1999
Editado y modificado : Miércoles 25 de abril de 2007.